jueves, junio 11, 2009

¡No sé nada!

En mi familia no es fácil hablar de política. Tampoco es difícil pues son buenos entendedores pero no muy buenos observadores, y no digo que mi “visión” de la misma sea la Verdad pero sí me permito ver desde distintos puntos y llegar por esas suertes al punto más cercano a la verdad de lo que sucede. Espero.

Acaso las discusiones no duran lo suficiente. Hablando de Calderón menciono que yo no puedo confiar en un hombre que firmó la aplicación del FOBAPROA, y en estos tiempos donde ese pequeño hombre se eleva como “salvador” no sólo de nuestra desventurada nación sino del mundo entero afirmo que no mata un virus de gripe sino mata la pobreza; pobreza extendida por un cobro injusto al pueblo mexicano a razón, lo antes mencionado.

Mi madre no dice nada. Calla otorgando pero se le queda algo entre la garganta, algo que puede ser la necesidad de creer, de pensar que el hombre que parece y aparece como fuerte luchador contra el furibundo crimen organizado no es lo que digo, que miento.

¡Vende Patrias! Y no es otra cosa, insulso político de poca monta. Salta mi padre y menciona pecados y pecadores del pasado, pero no hay argumento en contra de los míos. ¿Cómo defender al Presidente?

Mi padre me habla sobre los flamantes “empresarios” mexicanos. ¡Ladrones todos! Desde el gran Slim hasta la señora Aramburuzavala. Infames. Mercaderes nunca empresarios. Y los veo y me ven y piensan que su hijo se perdió en caminos exóticos donde el Che es héroe.

Hablar de política es difícil y no sólo con mis padres, con todos. Saber que es lo que pasa no es sencillo, es imposible.

Me quedo como siempre  con actitud socrática, menciono lo muy poco que sé y espero que me ilustren, pero no hay argumentos que “despejen” la oscura verdad de la política mexicana.

Sólo sé que no sé nada.

jueves, abril 02, 2009

¡Todos los nombres! ¡Todos los hombres!

Infames, imberbes, ruines, pérfidos, ignorantes, innobles, desalmados, inmorales, groseros, viles, irrespetuosos, indómitos, desgraciados, barbaros, ladrones, malvados, salvajes, abyectos, ladinos, ignominiosos, bribones, canallas, perversos, ladinos, despreciables, rufianes, truhanes, granujas…

Así me canso de nombrarlos, de recordarlos en mi memoria y en mi boca. Así los describo, los creo, los formo, dándoles adjetivos les hago presa de mi boca y conciencia, los nombro al verlos, les pienso desdichados, les veo indiferentes, indignos, insoportables…

Así les grito pero nada entienden ¡Nada! y me desgarro la garganta y las ideas pensándolos, haciéndolos, viviéndolos para tenerlos dentro, para saber qué pasa, a qué se debe su existencia, su lucha, su rabia vuelta marcha, vuelta robo, su existencia vuelta calvario, su persona convertida en muerte.

Su ditirambo a la ignorancia es un absurdo.

Un absurdo que yo lo vuelvo letra.

Ellos, sordos a los gritos no entienden lo que hacen, no saben lo que su acción hace, lo que su boca dice, no saben; que se les perdone pues no saben, que se les celebre en todos los estadios de la ignominia; que los “buenos” de todos los bandos los alaben, que se celebre a los “grandes” ya adjetivados, ya  nombrados.

Gritemos todos sus nombres. A todos los hombres. Y continuemos con el gran teatro donde el rico y el mendigo son parte de la misma mierda.

Aplaudamos fuerte, gritemos sus nombres a todos los hombres,  tarareamos sus victorias, pues todos tiene cabida en el  largo, angustioso y cómodo camino a la perdición.